Childhood trauma and adult mental disorder
McKay, M. T. et al. (2021). Revisión de estudios longitudinales sobre la relación entre experiencias traumáticas durante la infancia y problemas de salud mental posteriores.
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Te explicamos qué es el trauma infantil y por qué no hace falta haber vivido algo “terrible” para que la infancia deje huella.
Cuando pensamos en un trauma infantil, es fácil imaginar situaciones muy graves: violencia, abuso, una pérdida importante o haber crecido en un entorno claramente peligroso.
Pero no todo trauma en la infancia tiene que parecer devastador o desdichado desde fuera.
Un niño también puede sentirse sobrepasado cuando vive durante mucho tiempo sin suficiente seguridad emocional, cuando sus necesidades no encuentran respuesta o cuando tiene que adaptarse a situaciones para las que todavía no tiene recursos. Y muchas veces no somos conscientes de cuánto nos afectó hasta años después.
Puedes llegar a la edad adulta pensando que tu infancia fue “normal” y empezar a preguntarte por qué te cuesta tanto poner límites, por qué determinadas situaciones te activan de forma desproporcionada o por qué repites patrones que racionalmente sabes que no te hacen bien.
El pasado no explica automáticamente todo lo que te ocurre hoy. Pero comprenderlo puede ayudarte a mirar algunas de tus reacciones desde un lugar diferente.
El trauma infantil aparece cuando una experiencia o una situación continuada supera la capacidad que tiene un niño en ese momento para afrontarla y recuperar sensación de seguridad.
Por eso no depende únicamente de qué ocurrió, sino también de cómo fue vivido, de la edad, del apoyo disponible y de si hubo alguien capaz de ayudar a entender y regular lo sucedido. Dos niños pueden atravesar situaciones parecidas y no quedar afectados de la misma manera.
La investigación lleva tiempo relacionando la exposición a experiencias adversas durante la infancia con un mayor riesgo de problemas de salud mental posteriormente. Una revisión sistemática y metaanálisis de estudios longitudinales encontró una asociación consistente entre trauma infantil y trastornos mentales posteriores, aunque esto no significa que una experiencia traumática determine inevitablemente cómo será la vida adulta (McKay et al., 2021).
Hablar de trauma no es hablar de un trastorno de estrés postraumático.
El trauma hace referencia al impacto que una experiencia puede dejar en la forma en la que una persona se siente, se protege o se relaciona. Puede surgir por una situación muy intensa, pero también por experiencias repetidas que desbordan los recursos de un niño.
En cambio, el TEPT es un diagnóstico clínico concreto que aparece tras la exposición a situaciones límite como muerte, amenaza grave, violencia o abuso sexual y que incluye síntomas específicos, como recuerdos intrusivos, evitación o una sensación persistente de amenaza.
Por eso puedes arrastrar huellas de experiencias infantiles sin cumplir criterios para un TEPT.
Como decía, cuando pensamos en trauma infantil, tendemos a imaginar situaciones muy graves o claramente identificables. Pero no siempre hay un único acontecimiento que marque un antes y un después.
A veces la huella se construye poco a poco, a través de experiencias que se repiten y que enseñan a la criatura qué partes de sí misma son bien recibidas y cuáles generan rechazo, distancia o malestar en los adultos que necesita.
Esto no significa que cualquier dificultad de la infancia sea traumática. Significa que una experiencia puede dejar huella aunque, vista desde fuera, no parezca especialmente grave. Lo importante es cómo fue vivida, cuánto se repitió y si el niño tuvo a alguien que pudiera ayudarle a entender y regular lo que sentía.
Imagina una niña a la que le dicen que es muy buena cuando ayuda, está tranquila o se adapta a lo que necesitan los adultos.
Recibe cariño y reconocimiento cuando es amable, colaboradora y no da "problemas". Pero cuando llora, se enfada o expresa una emoción intensa, la respuesta cambia: molesta, exagera o debería calmarse.
Si esto ocurre una y otra vez, y además se repite con varias figuras de referencia, la niña puede empezar a sacar una conclusión que nadie necesita decirle directamente:
“Me quieren y me aceptan cuando soy fácil, estoy disponible y no incomodo.”
No deja de sentir tristeza, rabia o necesidad. Aprende que mostrar esas partes de sí misma puede poner en riesgo la conexión con los demás. Con el tiempo, ese aprendizaje puede acompañarla hasta la edad adulta en forma de dificultades para poner límites, culpabilidad cuando necesite algo de otra persona o perfeccionismo para no decepcionar.
Desde fuera puede parecer que en su infancia “no pasó nada grave”. Sin embargo, durante años aprendió que para conservar el vínculo tenía que adaptarse y dejar las emociones que incomodaban fuera.
Ahí está precisamente una de las formas en las que el trauma infantil puede dejar huella sin que exista un único suceso extraordinario.
Si este ejemplo te resuena, puedes ampliar esta idea en nuestro artículo sobre cómo saber si tienes algún trauma y las heridas que no siempre se ven.
Una de las cosas más comunes es que, con el tiempo, hayas ido construyendo etiquetas sobre ti mismo: “soy una vaga”, “soy muy responsable”, “soy cabezota”… Incluso, muchas veces estas formas de funcionar se viven como rasgos de personalidad aparentemente positivos: “soy muy independiente”, “necesito tenerlo todo controlado” o “soy muy perfeccionista”.
El problema no es la etiqueta en sí, sino cuando estas formas de responder se activan de manera automática y empiezan a limitarte en tu vida adulta.
Un trauma infantil no depende de una única consecuencia concreta. Puede influir en la forma en la que te relacionas, regulas tus emociones o interpretas lo que ocurre a tu alrededor.
Las primeras relaciones nos enseñan mucho sobre qué podemos esperar de los demás. Si durante la infancia la cercanía fue insegura o impredecible, en la vida adulta puede resultar difícil confiar plenamente en un vínculo. Algunas personas viven con mucho miedo a ser abandonadas, mientras que otras sienten incomodidad cuando alguien se acerca demasiado y prefieren depender únicamente de sí mismas.
Si esta parte conecta especialmente contigo, en nuestro artículo sobre heridas de apego y trauma relacional explicamos con más detalle cómo estas experiencias pueden influir en el sistema nervioso y en la forma de vincularnos.
Crecer en un entorno en el que necesitas estar pendiente de lo que ocurre puede enseñar al sistema nervioso a mantenerse preparado incluso cuando no existe un peligro inmediato.
En la edad adulta puede sentirse como dificultad para relajarte, una reacción emocional muy intensa ante determinadas situaciones o una sensación de amenaza que aparece antes de que hayas podido pensar qué está ocurriendo. En otras personas sucede lo contrario: cuando algo resulta demasiado intenso, la respuesta automática es desconectarse, bloquearse o sentir que no pueden acceder bien a lo que sienten.
Esto son básicamente formas que tu sistema nervioso aprendió para protegerte cuando todavía no tenías otros recursos.
Lo que vivimos durante la infancia también participa en la construcción de la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Si aprendiste que eras más aceptada cuando cumplías determinadas expectativas, quizá hoy te resulte difícil sentir que lo que haces es suficiente. Puedes exigirte muchísimo y, aun así, tener la sensación de que deberías haber hecho más.
También puede costar reconocer tus propias necesidades cuando durante años aprendiste a prestar mucha más atención a lo que necesitaban los demás.
Esto no significa que la autocrítica o el perfeccionismo sean siempre consecuencia de un trauma infantil. Pero, en algunas personas, pueden estar relacionados con aprendizajes muy tempranos sobre lo que tenían que hacer para sentirse queridas, seguras o aceptadas.
Muchas conductas que hoy generan sufrimiento empezaron intentando protegerte (las adicciones es un claro ejemplo) y tuvieron sentido dentro de tu historia.
La dificultad aparece cuando siguen activándose de manera automática aunque tu realidad actual sea diferente y empiezan a impedirte hacer cosas que hoy sí necesitas: confiar, poner límites, pedir apoyo o mostrarte tal y como eres.
Una parte importante del trabajo con trauma consiste precisamente en comprender para qué apareció una respuesta antes de intentar cambiarla.
No existe una lista capaz de decirte por sí sola si tienes un trauma infantil, pero me aventuro a decirte que habrá más de 1 y 2 cosas que hoy en día te condicionan y que beben de tu infancia. Y lo digo porque desde que creé Tu Refugio lo veo cada día.
Pero un ejercicio interesante puede ser observar si algunas situaciones actuales despiertan respuestas que te cuesta comprender:
Las respuestas a estas preguntas por si solas no dicen nada. Pero puede ser interesante para empezar a mirar tu historia con curiosidad.
En el artículo encontrarás un test de trauma infantil que he creado y que puede serte de mucha utilidad.
También debo lanzar un disclaimer y es importante evitar el extremo contrario: no todo lo que hacemos en la edad adulta procede de la infancia. Nuestro carácter, las relaciones actuales, las experiencias posteriores y las condiciones de vida también influyen.
Por supuesto, eso es lo que hacemos en terapia.
La investigación muestra asociaciones claras entre adversidad infantil y dificultades posteriores, pero también sabemos que las personas desarrollan recursos, relaciones protectoras y capacidad de adaptación a lo largo de la vida. Estudios recientes sobre resiliencia siguen mostrando que el impacto de las experiencias infantiles no es uniforme ni determina un único resultado.
A veces da reparo porque mirar de frente cosas que nos dolieron viniendo de nuestras familias nos conecta con la culpa y nos hace sentir terriblemente incómodas. Pero, queramos mirarlo o no, todo eso está ahí y merece ser mirado y atendido.
En la terapia online para trauma podemos ayudarte a entender estas respuestas, trabajar las experiencias que siguen generando malestar y desarrollar formas de relacionarte contigo y con los demás que ya no estén organizadas únicamente alrededor de la protección.
El objetivo no es cambiar quién eres. Es que aquello que necesitaste hacer para sobrevivir o adaptarte durante la infancia no tenga que seguir decidiendo por ti en la edad adulta.


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