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16.10.2026

Trauma intergeneracional: qué es, cómo nos afecta y cómo trabajarlo

¿Y si algunas de tus formas de sentir y relacionarte tuvieran que ver con experiencias que vivió tu familia mucho antes que tú? Te hablamos del trauma intergeneracional.

Trauma

Hay familias (en la inmensa mayoría, me atrevería a decir) en las que hablar de lo que sentimos nunca ha sido fácil. En las que los problemas se resuelven puertas adentro, pedir ayuda se considera una debilidad o mostrar enfado significa acabar discutiendo.

Puede que hayas crecido escuchando mandatos familiares como que hay que ser fuerte y seguir adelante, que no conviene confiar demasiado en los demás o que es mejor callarse para no generar conflictos.

Y ahora, en tu vida adulta, te das cuenta de que te cuesta pedir ayuda, que te sientes culpable cuando pones límites o que haces todo lo posible por evitar una discusión, incluso cuando algo te ha hecho daño.

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Muchas de las cosas que aprendemos sobre cómo relacionarnos, expresar nuestras emociones o afrontar las dificultades tienen que ver con el entorno en el que crecimos. Y, en ocasiones, ese aprendizaje también está influido por experiencias dolorosas que vivieron las generaciones anteriores.
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De eso hablamos cuando nos referimos al trauma intergeneracional: de cómo las consecuencias de determinadas experiencias traumáticas pueden seguir influyendo en una familia, incluso en personas que no las vivieron directamente.

¿Qué es el trauma intergeneracional?

El trauma intergeneracional hace referencia a la transmisión de los efectos psicológicos, emocionales y relacionales de experiencias traumáticas de una generación a otra.
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Pensemos en una persona que creció en una familia donde había mucha violencia. Durante su infancia aprendió a estar pendiente del estado de ánimo de los adultos, a evitar cualquier cosa que pudiera provocar una discusión y a mantenerse alerta para sentirse a salvo. Años después, esa persona forma su propia familia. Aunque su situación actual sea diferente, puede seguir reaccionando con mucha intensidad ante los conflictos o necesitar tenerlo todo bajo control para sentirse tranquila.

Sus hijos no han vivido necesariamente la violencia que ella sufrió, pero sí pueden crecer en un entorno donde los desacuerdos generan mucha tensión o donde expresar determinadas emociones resulta difícil.

Lo que se transmite no es necesariamente la experiencia traumática en sí, sino algunas de las formas de sentir, reaccionar o relacionarse que se desarrollaron a partir de ella.

Esto no significa que todas las personas que han vivido un trauma vayan a transmitir sus consecuencias a sus hijos. Hablamos de un fenómeno complejo en el que intervienen la historia personal, las relaciones familiares y el entorno social.

¿Es lo mismo el trauma intergeneracional que el trauma transgeneracional?

Aunque ambos términos suelen utilizarse como sinónimos, en ocasiones se hace una distinción.

El trauma intergeneracional suele referirse a la transmisión de los efectos del trauma entre generaciones que tienen una relación directa, como madres, padres e hijos.

El trauma transgeneracional puede utilizarse para hablar de consecuencias que se extienden a generaciones posteriores, incluso cuando ya no existe una relación directa con las personas que vivieron la experiencia original.

En la práctica, ambos conceptos están estrechamente relacionados y no siempre se diferencian de manera estricta.

¿Cómo se transmite el trauma intergeneracional?

La familia suele ser uno de los primeros lugares donde aprendemos a relacionarnos, expresar nuestras necesidades y responder ante las dificultades. Cuando las personas que nos cuidan han atravesado experiencias traumáticas, algunas de las respuestas que desarrollaron para protegerse pueden influir, sin que sean conscientes de ello, en la manera en que nos educan y se relacionan con nosotros.

A través de la crianza y las relaciones familiares

Imagina que tu madre creció en un entorno donde cometer un error tenía consecuencias muy duras. Aprendió que equivocarse era peligroso y que debía hacerlo todo bien para evitar problemas. Ahora, cuando tú cometes un error, puede reaccionar con una preocupación desproporcionada, corregirte constantemente o exigirte mucho más de lo que necesitas.

Puede que su intención sea protegerte de las dificultades que ella vivió. Sin embargo, tú puedes acabar aprendiendo que equivocarte es algo que debes evitar a toda costa.
Con el tiempo, esto podría traducirse en una gran autoexigencia o en un miedo intenso a decepcionar a los demás.

Una respuesta que en su momento ayudó a alguien a protegerse puede acabar convirtiéndose en una forma de relacionarse que genera sufrimiento en otra persona.

Nuestras primeras relaciones también influyen en cómo desarrollamos la confianza y la sensación de seguridad. En nuestro artículo sobre heridas de apego y trauma relacional profundizamos en cómo estas experiencias pueden afectar a nuestros vínculos y a la manera en que respondemos al estrés.

A través de las creencias y los mandatos familiares

Hay frases que escuchamos tantas veces durante la infancia que acabamos incorporándolas como si fueran verdades universales como «Los problemas de casa no se cuentan fuera» o el típico «No llores, que tampoco es para tanto».
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Detrás de algunos de estos mensajes puede haber historias familiares marcadas por la inseguridad, la falta de apoyo o experiencias en las que mostrar vulnerabilidad tuvo consecuencias negativas. El problema aparece cuando esas creencias siguen condicionando nuestra vida, aunque nuestras circunstancias sean diferentes. Si has aprendido que pedir ayuda significa ser débil, puede que ahora te cueste apoyarte en tu pareja o en tus amistades, incluso cuando estás pasando por un momento difícil.
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Un ejercicio muy interesante es reflexionar y cuestionarnos de dónde viene esa creencia. Si es mía o si, por el contrario, es heredada.

A través de los silencios y huecos familiares

En algunas familias hay experiencias de las que nunca se ha podido hablar abiertamente. Pasa mucho con las pérdidas o etapas complicadas.

Es posible que el silencio fuera la manera que encontraron las personas que vivieron esas experiencias para seguir adelante. Sin embargo, cuando determinados temas se convierten en tabú, puede resultar difícil comprender algunas reacciones familiares o encontrar un espacio donde expresar lo que sentimos.
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Esto no significa que debamos conocer todos los secretos de nuestra familia para estar bien. Podemos trabajar sobre cómo nos han afectado determinadas dinámicas sin necesidad de reconstruir toda nuestra historia familiar.

¿El trauma intergeneracional también puede transmitirse biológicamente?

Es posible que hayas escuchado que el trauma se hereda a través de los genes. Esta idea está relacionada con la epigenética, un campo de investigación que estudia cómo determinados factores ambientales pueden influir en la actividad de los genes sin modificar su secuencia.
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Algunos estudios han observado asociaciones entre experiencias traumáticas y cambios biológicos relacionados con el estrés en generaciones posteriores. Sin embargo, la investigación en seres humanos todavía tiene limitaciones importantes. No podemos afirmar que las experiencias traumáticas se hereden directamente a través de los genes ni separar fácilmente los posibles mecanismos biológicos de la influencia del embarazo, la crianza y el entorno familiar.
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Por eso, el trauma intergeneracional no debe entenderse como una herencia biológica inevitable.

¿Cómo puede afectar el trauma intergeneracional en la vida adulta?

A veces no somos conscientes de cuánto hemos aprendido de nuestro entorno familiar hasta que empezamos a vivir situaciones que nos hacen cuestionar algunas de nuestras respuestas.

Puedes darte cuenta de que te cuesta decir que no a tu familia, aunque estés agotada, o de que una pequeña discusión con tu pareja te genera una angustia que no acabas de comprender.

Cuando determinadas experiencias familiares han influido en nuestra manera de relacionarnos, pueden aparecer dificultades como las siguientes:

  • Estar siempre pendiente de las reacciones de los demás. Te fijas constantemente en sus gestos o en cómo te contestan, porque has aprendido a anticiparte a sus estados de ánimo.
  • Sentir culpa cuando pones límites. Aunque algo te incomode, acabas aceptándolo porque decir que no te hace sentir que estás decepcionando a alguien.
  • Exigirte demasiado. Sientes que nunca haces suficiente, te cuesta reconocer tus logros y vives los errores como algo mucho más grave de lo que realmente son.
  • Evitar los conflictos a cualquier precio. Prefieres callarte lo que piensas antes que afrontar una conversación incómoda, aunque eso signifique dejar tus necesidades de lado.
  • Tener dificultades para confiar o pedir ayuda. Estás acostumbrada a resolverlo todo por tu cuenta y apoyarte en alguien te hace sentir vulnerable.

Es importante aclarar que ninguna de estas dificultades demuestra por sí sola que exista un trauma intergeneracional. Pueden tener orígenes muy diferentes y no todas las personas que han crecido en entornos familiares difíciles desarrollan las mismas respuestas.
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Cuando estas experiencias se producen durante la infancia, también pueden influir en nuestro bienestar muchos años después. En nuestro artículo sobre cómo afecta el trauma infantil en la edad adulta hablamos de esta relación con mayor profundidad.

Entonces, ¿esto significa que vamos a repetir la historia de nuestra familia?

No. Haber crecido en una familia marcada por experiencias traumáticas no significa que vayamos a reproducir las mismas dinámicas. De hecho, puede que hayas tomado decisiones muy diferentes a las de tus padres precisamente porque no querías volver a vivir determinadas situaciones. Pero también puede ocurrir que, a pesar de querer hacer las cosas de otra manera, descubras que algunas respuestas aparecen casi sin darte cuenta.

Vamos a imaginar a alguien que creció en una familia donde los conflictos siempre terminaban con gritos. En su vida adulta tiene muy claro que no quiere relacionarse así con su pareja. Sin embargo, cuando surge un desacuerdo, siente tanta tensión que acaba levantando la voz o evitando por completo la conversación.

No significa que esté destinada a repetir la historia de su familia. Significa que ha aprendido determinadas formas de responder ante el conflicto y puede necesitar desarrollar otras herramientas para gestionarlo.

Tampoco todas las experiencias familiares difíciles generan un trauma. El impacto de lo que vivimos depende de diferentes factores, entre ellos los recursos y el apoyo con los que contamos. En nuestro artículo Trauma: la herida invisible profundizamos en cómo una experiencia puede afectarnos de maneras distintas.

Comprender lo que vivieron nuestros padres no significa justificar lo que nos hicieron

Cuando empezamos a conocer la historia de nuestra familia, puede que entendamos mejor algunas actitudes que antes nos resultaban incomprensibles. Tal vez descubras que tu padre creció en un entorno donde nunca recibió muestras de afecto y eso te ayude a entender por qué le cuesta expresar cariño. Pero comprender su historia no hace que desaparezca el dolor que pudiste sentir al crecer sin esas muestras de afecto.

Podemos entender que nuestros padres también tuvieron dificultades y, al mismo tiempo, reconocer que algunas de sus formas de actuar nos hicieron daño.

No tenemos que elegir entre querer a nuestra familia y reconocer nuestras propias necesidades. Y tampoco estamos obligadas a perdonar, reconciliarnos o mantener una relación que nos hace daño para poder trabajar sobre nuestra historia.

¿Cómo trabajar el trauma intergeneracional?

Trabajar el trauma intergeneracional no consiste en buscar un acontecimiento traumático en cada generación de nuestra familia ni en encontrar una explicación para todo lo que nos ocurre. La idea es comprender qué hemos aprendido a partir de nuestra historia, cómo nos está afectando actualmente y qué podemos hacer para relacionarnos de otra manera con nosotros mismos y con los demás.

Identificar los patrones que siguen presentes

Un punto de partida puede ser prestar atención a aquellas situaciones en las que reaccionamos de una manera que nos cuesta comprender. Por ejemplo, si siempre acabas ocupándote de los problemas de tu familia, aunque estés sobrepasada, puedes preguntarte desde cuándo sientes esa responsabilidad y qué ocurre cuando intentas dejar de asumirla.
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Conocer las circunstancias en las que crecieron las personas de nuestra familia también puede aportar contexto, pero no es imprescindible disponer de toda esa información. Lo importante no es encontrar a quién atribuir cada dificultad, sino entender qué está pasando en tu vida y qué necesitas ahora.

Aprender otras formas de relacionarte

Comprender de dónde vienen determinadas respuestas es importante, pero no siempre es suficiente para cambiarlas. Si durante años has aprendido a evitar cualquier desacuerdo, empezar a expresar lo que piensas puede generarte mucha incomodidad, aunque sepas que tienes derecho a hacerlo.
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Cambiar estos patrones puede implicar aprender a tolerar esa incomodidad, comunicar tus necesidades o establecer límites sin sentir que eres responsable de las emociones de todo el mundo. Es un proceso que puede llevar tiempo, especialmente cuando hablamos de formas de relacionarnos que nos han acompañado desde la infancia. Pero también es un proceso absolutamente sanador.

Comprender tu historia familiar también puede ayudarte a cuidar de ti

Comprender lo que vivieron las generaciones anteriores puede ayudarte a entender algunas dinámicas de tu familia, pero eso no significa que lo que te hizo daño haya dejado de dolerte.
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Tampoco tienes que responsabilizarte de resolver lo que vivieron otras personas ni sentirte obligada a mantener vínculos que te generan sufrimiento.

Si sientes que tu historia familiar sigue influyendo en tu bienestar y te gustaría cambiar algunas de las formas de relacionarte que has aprendido, la terapia psicológica puede ayudarte.
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En Tu Refugio trabajamos desde un enfoque integrador informado en trauma, teniendo en cuenta tu historia, tus relaciones y tus circunstancias actuales. No se trata de buscar culpables ni de remover el pasado porque sí, sino de comprender cómo te está afectando hoy y trabajar contigo para desarrollar recursos que te permitan sentirte mejor y relacionarte de una manera más saludable.

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